CAPÍTULO 1
Eran ya las once de la noche con quince minutos, la hora que habían acordado. El enorme edificio que alguna vez se usó como fábrica de algún producto difícil de recordar se encontraba completamente sólo; era de esperarse, puesto que había sido abandonado hacía ya más de doce años. No quedaba ahí nada más que ratas, ratones y una que otra alimaña. Repentinamente, la única puerta que daba al exterior se abrió de golpe. Una figura alta y delgada proyectó una larga sombra contra el sucio piso del almacén, cerró la puerta tras de sí después de haber echado un vistazo al lugar, y su opaca silueta desapareció. Aquél hombre se encontró con que la soledad seguía reinando en el lugar, y que el silencio sólo era roto por el crujir de las tablas bajo sus zapatos.
Se paseó por el enorme lugar, sintiendo el peso de
Esperó cerca de quince minutos. No había señales de ella; extraño para una persona que estaba acostumbrada a la puntualidad; más si se trataba de algo importante. Comenzaba a desesperarse y a pensar que tal vez no vendría…pero decidió encender un cigarrillo y esperar otro poco…sólo otro poco.
Cinco minutos más de espera, y la soledad seguía inundando el lugar. Era tiempo de partir, llegar a casa y tratar de contactarla otro día; difícil, pero valdría la pena intentarlo.
Se encaminó hacia la puerta por la que había entrado, deseando que, al abrirla, ella se encontrara allí. La abrió, pero a sabiendas de que era imposible. Y, como en este tipo de situaciones, no hubo ninguna sorpresa. Salió sin encontrar nada, excepto por el frío aire que le golpeaba la cara y le provocaba punzadas.
Caminó, sumido profundamente en sus pensamientos, por el desierto callejón hacia la calle, poco transitada debido a la hora…y justo antes de salir de él, una voz a su espalda le habló en tono sombrío y lo sorprendió la sensación de un arma pegada a su espalda.
-Hola…
-No digas mi nombre, por favor-, la cortó el hombre rápidamente, antes de que pudiera decir algo más.
Se quedaron en silencio durante un momento. Quizás, su mente recordaba escenas de su vida juntos mientras pensaban qué decir. Entonces el hombre comenzó a voltearse lentamente, pero ella no disparó…al parecer quería verlo de frente…rápidamente el hombre sacó
-Entonces es grave...
-Sí
-¿En que te puedo ayudar? ¿Qué puedo hacer por ti?
-Nada, no vine a pedir nada; si te llamé es sólo para despedirme, y si quieres, para decir la verdad acerca de todo lo que pasó, quiero terminar en paz.
-...no hay nada que aclarar, te perdoné hace mucho y cualquier cosa sucedida después de eso no me importa.
-Pues yo no te perdoné nada, te mentí, sobretodo te guardé rencor
-Entonces ¿me seguiste amando?
-No dije eso, pero contestando tu pregunta: no, nunca te amé; lo pudiste confundir con compasión, acaso con deseo, con atenciones, cortesía, lo que quieras, nunca amor.
-No te creo, tal vez si jamás gritaras, si no me hubieras engañado...
-¡Que no te engañé! ¿Cuándo lo entenderás?
-Cuando entiendas que yo no te engañé
-Es diferente: yo lo vi, a ti te lo contaron. Entonces ¿por qué la mentira cambia de intensidad?
-Si no me amaras no me molestarías con estupideces
-No te amo porque no te perdoné
-Si no me amaras no tendrías nada que perdonar
-Basta, te odio y no se diga más
-¿A qué viniste?
-Busco matarte antes de morir
-Aquí estoy, dispara
-Soñé contigo al menos una vez al mes, lágrimas una vez a la semana, te regale un pensamiento por día...
-Espera ¿Es eso de algún poema malo que escribiste? Los conozco, crees que son muy buenos, diciendo que son malos buscas impresionar a quie...
-¡Qué estupidez! A veces la verdad es ridícula, lo cual no significa que quiera o me guste decirlo, pero no quiero perder más el tiempo contigo, adiós.
-Hasta que me digas que me amas.
-Ya me harte y quiero que te vayas…
Se miraron otro instante, como a sabiendas de que sería la última vez que uno de los dos viera al otro con vida.
-Adiós-, dijeron los dos al unísono.
Un atronador disparo resonó en el callejón, provocando que los vecinos despertaran y se asomaran a sus ventanas para saber qué pasaba. Sólo pudieron distinguir una figura envuelta en una gabardina negra saliendo del callejón, dejando atrás un cuerpo inerte, con una herida de bala en la cabeza y una pistola yaciendo al lado de su mano… el mango aún cálido se contagiaba de la noche y se enfriaba de prisa… al igual que el cuerpo.

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